ANKILOSAR ANKILOSARSE

Alan Edison.

Alan Edison palpó sus bolsillos por séptima de vez desde que había salido de su casa. Sintió la superficie del dinero, pero aun así sacó las monedas del bolsillo para cerciorarse. Setecientos veinte pesos.

-  Bien. Todo anda bien -pensó.

Alan planeaba pagar la locomoción con trecientos pesos. Con los cuatrocientos veinte restantes compraría dos cigarros sueltos al receloso viejo del almacén, lo cual consideraba un trámite tortuoso pero necesario. Subió al bus, pagó al chofer y de todos los asientos vacíos que el vehículo ofrecía, se situó en el asiento de más al fondo que daba a la ventana izquierda después de atravesar el engorroso pasillo estudiando las miradas de los diversos humanoides que ocupaban por ahora el bus. Alan sabía que se llenaría en breves, y como iba al centro de la ciudad y esas gentes extenuadas, que subían y subían incesantemente al vehículo después de la jornada, iban evidentemente a sus hogares, calculaba que se aproximaba un irritante e inexorable suceso: abrir paso entre la multitud para descender del bus cuando sea el momento de bajarse. Concluyó que lo más inteligente sería olvidar el acontecer incómodo que provenía inevitablemente del futuro y que mejor sería pensar en otra cosa en los diez minutos que le quedaban de libertad. Entonces Alan pensó en qué podría pensar para olvidar que tendría que chocar su cuerpo con el de esas gentes que entraban persistentemente al bus. Miró en derredor del bus: subían dos jóvenes con sus expuestos skates, un anciano con unas muletas, una anciana ciega, un tipo obeso devorando un grotesco sándwich que chorreaba la mitad de la palta con la mayonesa, una anciana fétida y otro tipo no tan gordo con una especie de atril enorme. Todo eso subía directo a obstruir el paso, era inolvidable. Pero Alan pensó que todos terminan siempre olvidando todo y se dijo para sus adentros:

>> El humano se acostumbra. El tiempo, inexorable, lo hará olvidar todo. Todos siempre terminan olvidando todo. ¡Bien! ...  ha vuelto la vocecita. Las personas y sus memorias son viles, paupérrimas, tarde o temprano olvidarán sus desgracias, a pesar de todos los fracasos que abarcan no dejarán de creerse Dios, sobrevivirán a merced de su ingente mentira vital. ¡Agh! Si se pudiera ser tan poco sincero… pero yo sí que soy Dios. No obstante, el olvido no los librará del todo del génesis de sus congojas, aunque desgraciadamente para mi y afortunadamente para ellos, sí en gran parte. Lástima no poder olvidar con absoluto desaliento cada vez que, verbigracia, por la calle alguien pasea un Basset Hound y recuerdo a mi perro Billy, arrollado por un borrego conductor del sistema de transporte público, agobiado por las vueltas del día, que manejaba trastornadamente el bus de ovejas; o cada vez que tengo enfrente un vaso de leche no poder volver a disfrutar jamás del sobrecogedor sabor al evocar el recuerdo de una mosca que encontré en el fondo de un vaso una mañana. O cada vez al cruzarme con Daniela… llegar a abstraerme al imaginar todo lo que escondió algún día…  Y no hablo de un desaliento esporádico natural, si no que de horas de obsesión intensa. En fin, son las culpas que paga un cerebro omnisciente en el panorama, nada puede permanecer impune.

Alan atravesó la masa de carne aglomerada con sagacidad de estilete, bajó del bus, llegó al suelo y en una milésima de segundos comprendió. Una mortífera sensación nubló su mente. Lo sabía, había olvidado, sólo quedaba la fuerza de gravedad y la fuerza de roce que pudieron haber o no haber estado a su favor en esa fracción de movimiento, pero lamentablemente no. Palpó los bolsillos y ahí estaban: sólo ciento veinte pesos. El dinero se había caído al moverse Alan bruscamente al bajar del bus. A pesar de que el reflejo de tantearse era una costumbre, esta vez lo olvidó... y no habría cigarros por ahora. ¡Puta mierda!

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